VI Ciclo grandes conciertos: Pablo Ferrández

Sábado 23 de febrero del 2019, a las 20:00h
Teatro Bulevar.

 

 

VI Ciclo grandes conciertos: Pablo Ferrández con Luis del Valle (dúo violonchelo y piano)

 CARTEL VI Ciclo GRANDES CONCIERTOS Pablo Ferrandez

 
 

Precio: 12€

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PROGRAMA

J. Brahms: Sonata No.2 en Fa Mayor Op.99


M. Bruch: Kol Nidrei

Descanso

R. Schumann: Fantasiestücke, op. 73


D. Shostakóvich: Sonata para violonchelo y piano en Re menor, Op. 40

 

Tras el concierto de Pablo Ferrandez y Luis del Valle, tendrá lugar un encuentro con el público, durante el cual podrán intercambiar impresiones y reflexiones con los intérpretes
Si Ud. desea abandonar la sala, le rogamos lo haga por las puertas superiores.

 

NOTAS AL PROGRAMA

 

JOHANNES BRAHMS: Sonata núm.2 en Fa mayor, op.99 1

A lo largo de su vida Brahms cultivó la música de cámara en sus numerosas variantes y de un modo absolutamente libre y no como sus antecesores, incluso los más grandes, Haydn, Mozart, Beethoven, protegidos o impulsados por aristócratas o monarcas no siempre aficionados o amantes de la música. Por eso siempre llamó la atención que Mozart compusiera sus tres últimas sinfonías sin haber recibido encargo alguno que le obligase a ello.

Ya en la época de Brahms (1833-1887) el músico trabajaba con plena libertad y no por encargo de personajes relevantes. Brahms conocía muy bien lo realizado por sus antepasados y contemporáneos en la música de cámara, e impuso su personalidad a través de ella sin afanes renovadores.

Nunca los tuvo, ni presumió de tenerlos. Lo que siempre se advierte en él, al margen de su genio innato para la música, es un oficio de primer orden en todo cuanto escribía y eso se advierte claramente en su música de cámara.

Brahms la cultivó en todos sus aspectos, sonatas, tríos, cuartetos, quintetos y hasta un sexteto. Casi siempre para piano, violín, viola, violonchelo, salvo en sus últimos años, cuando compuso hasta cuatro obras grandes utilizando, además del piano y las cuerdas, un clarinete.

Hoy se abre este recital del dúo formado por el violonchelista Pablo Ferrández y el pianista Luis del Valle, con la sonata núm.2 en Fa mayor, Op.99, del gran músico hamburgués, el cual, como Beethoven, alemán de Bonn, se había establecido en Viena.

Brahms compuso esta Sonata en el verano del año 1886, a orillas del lago Thun, que tantas veces le había inspirado obras de cámara o canciones, como los tres ciclos Op.105, 106 y 107. Años antes había escrito otra sonata para violonchelo y piano, ciertamente dulce y melancólica. La estrenó con su médico al violonchelo, un aficionado que no podía con la dimensión de la obra. Años después el gran violonchelista Robert Haussmann la descubrió, quedando tan entusiasmado que le pidió compusiera otra.

Ejecutada en una primera lectura en Viena, en casa de los Widmann, sus amigos suizos, la sonata fue estrenada en Viena el 24 de noviembre de aquel 1886. Brahms fue el pianista.

El primer movimiento, en forma sonata, presenta tres temas. El segundo, quizá el más bello de la obra, es como un gran “lied”, profundo y a veces doliente. Le sigue un “allegro passionato” como un nocturno, agitado por un piano vehemente y un violonchelo, en unas ocasiones heroico y en otras muy dulce.

El “allegro” final tiene ya esa función a través de un rondó conciso cuyo tema, sencillo y hasta popular, otorga un vigor a la obra tan grande como suele ser el entusiasmo de quien la escucha.

Brahms la dedicó al violonchelista Robert Haussmann. Una de las mejores amigas que tuvo Brahms, Elisabeth von Herzogenberg, opinó sobre la segunda sonata de este modo: “Es el más fiel retrato que tenemos de Brahms”.

MAX BRUCH: Kol Nidrei, Op.47

Nacido en Colonia, Max Bruch no es un compositor tan conocido y apreciado como Brahms, pero algunas de sus obras han logrado imponerse en el repertorio sinfónico fuera de Alemania. Entre ellas está la “Fantasia escocesa” Op.46, para violín y orquesta, y el “Concierto núm.1 en Sol menor”, Op.26 (compuso otros dos conciertos para violín, que apenas se interpretan). Ha escrito al menos dos óperas notables “Die Loreley”, Op.16 y “Hermione”, Op.40.

Bruch escribió diversas obras para violonchelo y orquesta, entre ellas un “Adagio sobre temas célticos”, Op.56, y la que es más célebre “Kol Nidrei” Op.47, que le supuso una persecución póstuma y la prohibición de interpretar sus obras. Sarasate había estrenado alguno de sus conciertos para violín y Max Bruch llegó a dedicarle la conocida “Fantasía escocesa”.

Su obra más célebre es el “adagio” sobre melodías hebreas, “Kol Nidrei”, escrito originalmente para violonchelo y orquesta (pronto se hizo la versión para violonchelo y piano). Esta composición consiste en unas variaciones sobre motivos populares judíos que puede emocionar por su hondo lirismo. Por eso ha atraído a numerosos violonchelistas, aunque tuvo un fuerte enemigo en el compositor Arnold Schönberg, autor de otro “Kol Nidrei” para recitador, coro y orquesta.

Schönberg la condenó por su sentimentalismo, verdadera plaga, según él, en el repertorio del violonchelo. Pero su oposición al “Kol Nidrei” de Bruch, no ha podido con la popularidad de la partitura. Lo peor de “Kol Nidrei” para Bruch fue la persecución póstuma que recibió durante el Tercer Reich, que trató de incluirle entre los judíos y prohibió sus obras. Sus hijos Margarethe y Ewald desmintieron tan errónea afirmación. Max Bruch no era judío, aunque por esta pieza le sigan teniendo como tal muchos aficionados. Y aunque lo hubiese sido ¿por qué prohibir sus obras y peor aún, perseguirle?

ROBERT SCHUMANN: Fantasiestucke, Op.73

Después de las “Cuatro Fugas para piano” Op.72, Robert Schumann compuso sus “Tres piezas fantásticas”, Op.73, para piano y clarinete, aunque advirtió que podían sustituirse “ad líbitum” el clarinete por un violín, o por un violonchelo. En el programa de hoy se van a escuchar las tres en su versión para violonchelo y piano. Se trata de tres piezas de unos tres minutos y medio de duración, cuyo carácter viene ya indicado en sus títulos. Ellos son indicaciones a los intérpretes del carácter de cada una, así de como deben comportarse ambos ejecutantes ante ellas. En la primera con ternura que no impida la expresividad. En la segunda con una ligereza llena de vida, o sea un contenido que haga vibrar el espíritu del oyente. Y la última debe no solo ejecutarse con rapidez sino con un fuego personal que excite el ánimo de cuantos se congreguen para su escucha.

Hay que recordar que los violonchelistas disponen de versiones para violonchelo y piano de obras originalmente destinadas por Schumann a violín y piano, voz y piano, oboe y piano, clarinete y piano, y piano solo, pero también adaptadas al violonchelo.

En las tres obras de hoy, la poesía, la belleza y la pasión de estas piezas de Schumann cobran nueva sonoridad sin perder su ternura... o su apasionamiento.

DMITRI SHOSTAKOVICH: Sonata en Re menor, Op.40 4

Shostakovich se puede equiparar a Beethoven en cuanto a partituras camerísticas. Sus quince cuartetos de cuerda, sus dos tríos, el quinteto para piano y cuerdas, las tres sonatas (para violín y piano; para viola y piano; y para violonchelo y piano) y el octeto de cuerdas Op.11 le convierten en un clásico de la música de cámara. Pensemos que su mayor rival en la música rusa de su tiempo, Sergei Prokofiev, solo presenta once piezas de cámara en su abundante producción y entre ellas solo aparece un cuarteto, el Op.50. Y es aún mayor la escasa música de cámara de Stravinsky, donde no llega a una docena el número de piezas de cámara en su producción. Habría que ir más atrás en el tiempo, a Chaikovsky, para encontrar tres excelentes Cuartetos Op.11, Op.22 y Op.30; un Trío Op.50, a la memoria de Nicolás Rubinstein; y el famoso Sexteto de cuerdas “Souvenir de Florence” Op.70, además del dúo para violín y piano “Recuerdo de un lugar querido” Op.42.

Es pues Shostakovich quien se convierte en el máximo cultivador de la música de cámara en la antigua Unión Soviética, destacando particularmente su aportación al clásico cuarteto de cuerdas. En España tenemos el nutrido legado de Conrado del Campo (1878-1953), con quince Cuartetos de cuerda, el Quinteto con piano Op.120, y la Sonata para violín y piano, Op.108, entre otras cosas, y pido excusas por no extenderme citando a otros cultivadores de la música de cámara en nuestro país, algunos muy sobresalientes.
Aunque el potente sinfonismo de Shostakovich ha ocultado en un principio a su obra de cámara, esta ha ido imponiendose por su calidad y número de piezas. Shostakovich fue precoz al componerlas y con diecisiete años de edad, cuando era un alumno del Conservatorio de San Petersburgo, ya terminó el “Trío en Do menor” Op.8, que más tarde editaría su amigo Boris Titchenko. Dos años más tarde, a la memoria de Kurchavov, compuso un “Preludio” y un “Scherzo” para octeto de cuerdas. El preludio es un homenaje a Bach, pero el Scherzo ya avisa del aspecto sarcástico del compositor en los “scherzi” de sus primeras sinfonías o la famosa polka “La edad de oro”.

Shostakovich compuso dos sonatas para piano, Op.12 y Op.61, y tres sonatas de cámara, la primera para violonchelo y piano Op.40; la segunda para violín y piano, Op.134; y la tercera y última para viola y piano Op.147.

El concierto de hoy finaliza con la primera de las tres, la “Sonata en Re menor”, para violonchelo y piano Op.40. Fue consecuencia de su amistad con el chelista Viktor Kubatski. Escrita a lo largo de un mes es una obra de gran lirismo, muy clásica y melódica, que ha tenido el aplauso de muchos públicos y el entusiasmo de numerosos violonchelistas, desde Piatigorski y Fournier, hasta Rostropovich. Revisada en varias ocasiones, su versión definitiva aparece en una edición crítica el año 1982, ya fallecido su autor. El propio Shostakovich estaba al piano en el estreno junto a Kubatski, el cual tuvo lugar en la sala pequeña del Conservatorio de San Petersburgo el día de Navidad del año 1934. Unas veces se aprecia cierta influencia de Chaikovsky y en el segundo movimiento disfrutamos del estilo irónico y desafiante del joven Shostakovich de “La edad de oro”. Es muy emotivo el “largo”, una de las más intensas meditaciones interiores del maestro ruso. El “allegro” final vuelve a lo sarcástico en un rondo donde lo más fuerte y provocador está en el piano, hasta que el violonchelo se impone en un “motu perpetuo” que conduce a un contundente final. Miaskovski anotó en su diario el 29 de marzo de 1935: He visto la sonata de Shostakovich: ¡soberbia! Shostakovich tuvo que ponerse al piano muchas veces para interpretar esta sonata con diferentes violonchelistas. ¡Todos querían tocarla!

ANDRÉS RUIZ TARAZONA

 
BIOGRAFÍA PABLO FERRÁNDEZ(haga clic aqui)
BIOGRAFÍA LUIS DEL VALLE (haga clic aquí)

 Video de Pablo Ferrandez:

 

 

 

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